I. EL CAMINO DE LA VIDA
La cruz es, en Cristo, el camino de la vida. Por eso la Semana Santa no se puede entender si no se lee y si no se interpreta con todo el contexto de la personalidad y de la vida íntegra del Maestro como fondo. Es la pasión por la vida abundante, la que lleva a nuestro Señor Jesucristo a Jerusalén. Jesús sabía lo que le esperaba en la ciudad santa.
Los saduceos estaban airados contra El. La predicación de este joven rabino los indisponían. Estos explotaban económicamente el monopolio de las formas litúrgicas en las escalinatas mismas del templo. Allí florecía un próspero negocio bancario.
Los judíos procedentes de todas las ciudades de la Diáspora, venían obligados a cambiar las monedas de las naciones de su procedencia en moneda sagrada acepta al altar, y esto rendía muy pocas ganancias. Todas las instituciones sacramentales las manejaban para aumentar sus riquezas y su poderío político.
La oposición saducea estaba preocupada con las audaces interpretaciones del joven galileo..."el sábado fue hecho por causa del hombre y no el hombre por causa del sábado... el torah, la ley, fue hecha para servir al hombre, y no el hombre para servir al torah." Estas palabras eran heterodoxas en extremo, y los saduceos se escandalizaban con las herejías del joven Maestro.
Enseñar que todas las instituciones fueron hechas para fomentar la vida abundante entre los hombres constituía una acusación para ellos, que habían convertido el templo en cueva de ladrones, explotando sin misericordia al pueblo que hambreaba en los suburbios de la ciudad y en toda la tierra de Palestina. Era la protesta de la alta banca contra el joven profeta de la justicia social y de la vida abundante.
Por otra parte, los fariseos, más íntegros que los saduceos, en lo que a la vida religiosa toca, dilapidaban su herencia espiritual y agotaban su fe con una fría legalidad baldía. Mataban la alegría vital con sus cerrados esquemas y sus puntillosas exigencias externas. Eran almas religiosas pero resecas. Se habían quedado en la periferia legal de la aventura religiosa, y no conocían la angustia de las almas conturbadas por el reto de la fe, ni la aventura esperanzada del hombre que busca, no reglas de conducta, sino una fuente de poder para transformar su vida.
Incapaces de ahondar en la experiencia religiosa, pretendían sustituirlas con largas oraciones que hacían en los lugares públicos con vista a que los hombres los vieran.
Fue así como los fariseos, que en sus comienzos tuvieron auténticas preocupaciones espirituales, se quedan en la antesala de la fe, orgullosos de sus ademanes externos y complicados en una minuciosa legalidad adjetiva, que los conduce a una lamentable hipocresía religiosa.
Implacable nuestro Señor una y otra vez, les había increpado diciendo: "¡Ay de vosotros, fariseos hipócritas, que amáis las primeras sillas en la sinagoga; sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben! Hipócritas, fariseos, que limpiáis la parte exterior de la copa, mientras el interior está sucio."
A los fariseos y saduceos se les unían los servidores incondicionales del régimen colonial romano. Todos ellos se confabulaban para perder al joven Maestro de Galilea, y la celebración de la pascua era la fecha propicia.
Jesús, que conocía muy bien los escondrijos de los recelos, se daba cuenta que su hora era venida, y es obvio que sabía lo que le esperaba en Jerusalén. En Sión le aguardaba el madero. La cruz era inminente en la trayectoria espiritual del Maestro.
Así sucede con todos los hombres que se encaran a la vida con integridad y honradez. La cruz es la prueba de la calidad de nuestra vida.
II. JESUS AFIRMO SU ROSTRO
Uno de los hábitos más funestos para la integridad de un carácter es el mecanismo psicológico de la huída.
Sobrevienen a nuestra vida momentos en que nuestra primera reacción es desertar. La cruz provoca en muchos seres un pánico desesperado. LA CRUZ ES FIRMEZA. Estos seres mueven cielo y tierra para evadir la crisis inminente. Cada uno de nosotros tiene una cruz, y son diversos los modos como se producen en nosotros los movimientos desastrosos de la desertación.
El suicidio, por ejemplo, es un mecanismo de escape. El hombre se suicida porque no se atreve a enfrentarse con la realidad. Hay quien no se suicida, pero guarda por dentro un gran resentimiento que a duras penas pueden esconder.
El estudiante también está en esto. Fracasa en sus sueños y empeños, pero es incapaz de pagar el precio del cumplimiento de su ideal. Dilapida su sueño, su vida y sus posibilidades por un placer o por un dinero fácil y barato.
Hay momentos en la vida que la religión misma se utiliza como un mecanismo de escape. Seres que quieren desertar de la vida buscan en ciertas formas de la piedad un sedativo que les adormezca. La verdad es que la religión ha actuado muchas veces, y así se le ha acusado como el opio de los pueblos.
Hay, empero, una forma profética, dinámica y creadora: es el cristianismo, que sí es un sedativo. Es realista y valiente. Los evangelios nos cuentan que cuando el Señor se dio cuenta que en Jerusalén le esperaba una hora decisiva, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
Hay dos cosas que Jesús no pidió de su Dios en la víspera de su viaje a Jerusalén. Dos cosas que no tenemos derecho a esperar de Dios. La primera es que El no pidió que lo relevaran de su obligación de ir a Jerusalén. Dios usa las pruebas para que nuestro espíritu se fortalezca en ellas, y para que nuestros hermanos de la fe se beneficien.
La segunda es que tenemos derecho a esperar de Dios que quite a Jerusalén de delante de nosotros. Jerusalén es una constante cifra del dolor de la vida.
Cada uno de nosotros tiene su Jerusalén. Ella es la vida misma con sus frustraciones, crisis y sus amenazas. Pero Jerusalén es también la buena pelea que los hombres íntegros pueden poner para que este mundo en que vivimos sea más decente y más noble.
Por todo ello, Jesús no pidió que lo relevaran de ir a Jerusalén, ni tampoco que quitaran a Jerusalén delante de sus ojos. El aceptó la tarea que le era propuesta con humildad y valentía, sin subestimarla. El sabía que necesitaba fuerzas para enfrentarse con la ciudad que mataba a los profetas. Por eso afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Jerusalén era la crisis y la prueba ante sus ojos. Era la cruz. Para poder afirmar su rostro, fue menester reclutar todas sus fuerzas para enfrentarse con su cruz.
En primer término, Jesús sintió que Dios le urgía para que fuese a Jerusalén, y en ese viaje, no importa cuáles fueron los resultados, Dios iba con El. Jerusalén sería una ciudad mejor y el mundo un mejor mundo, porque Jesús iba juntamente con Dios, afirmando su rostro hacia Jerusalén.
Hay un segundo término, algo más que podemos esperar de Dios, como lo esperaba Jesús en la hora en que afirmamos nuestro rostro con nuestra cruz. Tenemos derecho a esperar que del corazón mismo de la crisis, Dios desate fuerzas espirituales en el conflicto para sostenernos en medio de la prueba.
Si el Padre Celestial no quiere cambiar a Jerusalén, él puede darnos fortaleza y fe; puede darnos poder suficiente y eficaz para enfrentarnos con nuestra cruz. En la hora crucial Dios provee recursos espirituales inesperados que nos fortalecen mas allá de toda esperanza.
Solo El, Jesús, puede ayudarte a llevar tu cruz. Amén.
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